Una lágrima corría por su seno como un río en su caudal. Lloraba a lagrimones, pausados y sin quejidos; a ratos, como si se acordase que algo le dolía, pero no era eso, era solo que llegaba el momento cúlmine en donde el climax de sus pensamientos se topaba casi por casualidad con la compañía más grata para un momento de llanto. Callado y tímido. Oculto. No duraba más que cuánto tarda en caer unas tantas gotas. Finalmente, entre cada sollozo, decidida se decía cómo debía actuar.
Por alguna razón prefería la tranquilidad a la felicidad, la soledad a la compañía, el silencio y el olvido.
No volvió a mirar atrás, tenía todo muy claro. Ahora se ahogaría entre libros llenos de mentiras, falsedades utilizadas minuciosamente para decir las verdades, esas incómodas, otras escondidas y unas tantas reprimidas, de esas que nadie gusta escuchar y pocos se atreven a decir. Conservaría sus sueños y proyectos: sus murales, sus canas, su piano, su huerto, sus palabras y sus ganas. Conservaría todo aquello que la mantiene viva y dejaría eso que la hace vivir y la mata cada día.
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